Reabir escuelas

October 21, 2020

Marlene Steuber

El deseo de proteger a los niños al mantenerlos en casa puede poner en riesgo su bienestar a largo plazo. Desde mayo, me he dedicado a informar sobre la importancia de reenfocar las prioridades en el ámbito educativo y de abrir el diálogo sobre la reapertura de escuelas. Si entendemos que los niños y adolescentes aprenden por medio de experiencias, en las cuales adquieren información a través de todos sus sentidos, es más fácil comprender por qué las pantallas no pueden proporcionar lo que realmente necesitan.

Estudios y organizaciones internacionales confirman los riesgos físicos, psicológicos y neurológicos por la digitalización masiva.

El aprendizaje virtual, avalado y justificado por algunos, debería incluir advertencias de efectos secundarios como los anuncios de ciertas medicinas. Horas prolongadas enfrente de pantallas pueden causar miopía en la primera infancia, ritmos circadianos alterados, pérdida de sueño, depresión, obesidad, adicción y desregulación de las funciones cerebrales.

De acuerdo con el estudio, Children’s Health in the Digital Age ,de Brigitte Dresp-Langley, la miopía en América Latina era menos del 20% en 2000 y se proyecta será 40% para el 2050.

Los niños pueden convertirse en miopes tempranos en la infancia porque sus ojos crecen demasiado rápido como resultado del tiempo excesivo dedicado a leer en pantallas. La carga económica mundial de deterioro de la visión a distancia no corregida, de la cual la miopía es la causa principal, se estima actualmente en 202 mil millones de dólares al año. Según las proyecciones, este monto se duplicaría.

La evidencia indiscutible de una relación directa entre la gravedad de la obesidad infantil y el número de horas de tiempo de pantalla proviene de un estudio de encuesta transversal dentro del Sistema de Análisis y Estudio Multiprograma de Obesidad Infantil (COMPASS).

Asimismo, las pantallas causan la desregulación temprana de las vías de los neurotransmisores en el cerebro en desarrollo. Los estudios revelan cambios estructurales en la corteza frontal asociados con anomalías funcionales en sujetos que desarrollan adicciones a pantallas.

A estos riesgos individuales se les puede agregar la falta de socialización, de actividad física y de exposición a la luz natural, los cuales solo agravan la situación de la niñez.

Familias afectadas

Las clases virtuales no solo afectan la salud de los estudiantes, sino también la del resto de la familia. Así lo determinó una encuesta realizada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y “Innovations for Poverty Action” (IPA), con la ayuda de los ministerios de educación de El Salvador (MINED), Costa Rica (MEP) y el Instituto de Bienestar Familiar en Colombia (ICBF), a padres y madres con hijos en educación a distancia e híbrida.

“La carga adicional para las familias ha llevado a una disminución en su salud mental. Se encontró un impacto significativo en la salud mental de los padres y madres. Un 85% de las personas cuidadoras presentan al menos un síntoma de malestar, calculados con base en la Escala de Depresión del Centro de Estudios Epidemiológicos (CESD-R).”

En el caso específico de las mujeres, The New York Times informó de que la pandemia está forzando a las madres a que no trabajen, generando con ello grandes costos financieros, sociales y matrimoniales.

Las mujeres ya representaban la mayoría de los puestos de trabajo perdidos durante los primeros meses de la pandemia. Los economistas consultados especulan que la grave situación de las mujeres está relacionada con el aprendizaje a distancia de los hijos y la falta de disponibilidad de cuidado infantil.

Retorno a clases presenciales

Por estos riesgos a la salud, es que organizaciones internacionales avalan el retorno a clases presenciales lo antes posible. Harvard School for Public Health y forheatlth.org publicaron una guía detallada sobre cómo hacerlo, en junio pasado y afirmaron: “Las escuelas tendrán que reabrir.”

Mantener las escuelas cerradas conlleva costos individuales, sociales y económicos a largo plazo. Muchos niños no podrán aprender, socializar, ser activos, comer alimentos saludables o recibir apoyo hasta que las escuelas reabran. A muchos padres y cuidadores se les dificulta volver al trabajo hasta que los niños regresen a la escuela. Sabiendo que las escuelas reabrirán en algún momento, la pregunta sobre la mesa debería ser qué estrategias deben considerar las escuelas para reducir el riesgo de transmisión de COVID-19.

Hay que considerar que una estrategia de reducción de riesgos es diferente de un objetivo de lograr cero casos. No existe tal cosa como ‘cero riesgo’ en cualquier actividad que realicemos durante una pandemia. Sin embargo, la evidencia científica indica que los riesgos para los estudiantes y el personal pueden mantenerse bajos si las escuelas se adhieren a estrictas medidas de control y responden dinámicamente a posibles brotes.

Según el New England Journal of Medicine, desde un punto de vista clínico, la mayoría de los niños de 1 a 18 años, experimentan síntomas leves o nulos de Covid-19 y son mucho menos propensos que los adultos a desarrollar consecuencias graves. Estos hallazgos se alinean con los datos sobre la transmisión escolar y comunitaria de países que han reabierto escuelas (o nunca las han cerrado). Se ha notado que los brotes de Covid-19 en escuelas secundarias no se extendieron a las escuelas primarias cercanas; lo que sugiere que la susceptibilidad, la infecciosidad, o ambas, son menores entre los niños. En la mayoría de los países, tanto el personal como los niños de alto riesgo, o que tienen familiares de alto riesgo, han estado exentos de regresar a la escuela en persona.

Este análisis lleva a la conclusión de que la salud de las generaciones futuras puede verse gravemente comprometida si no se hace algo para sensibilizar al público sobre la necesidad de información sobre los efectos de exposición prolongada a pantallas en cerebros en desarrollo y los efectos del aprendizaje virtual en lugar del aprendizaje presencial.

Publicado en La Nación, 20 de octubre de 2020